Notas
Navegando el Río Paraguay: el Chaco, el Pantanal
Crucero Por el río Paraguay. Con altos niveles de confort se adentra en una maravillosa geografía que recuerda historias de intrépidos exploradores.
Por Carlos Albertoni- La Voz del Interior, Córdoba
Lento, el barco avanza sobre el río, ultrajando ese paisaje de inconmovible verde que nos mira desde ambas costas, que se abre hacia los confines de la vista y concede a espinos, arbustos y árboles el dominio absoluto de la geografía. De tanto en tanto, una casa de madera, un par de chapas entre pajonales, una mujer sacudiendo el borde de su falda como un abanico para aliviar el calor, un niño semidesnudo jugando con un perro, un caballo que ya no galopa, todos tozudamente ajenos a nuestro paso.
De cara al espectáculo, en la cubierta superior de la nave, se me insinúa la brisa, aún débil, aún engañosa, preámbulo del atardecer.
Remontar el río Paraguay desde Asunción, pasando por el Gran Chaco, hasta el Pantanal fue durante largo tiempo el sueño de muchos viajeros. Subidos a pesados barcos de carga o precarios lanchones, algunos trotamundos controlaban su ansiedad y navegaban durante semanas enteras las aguas, con la idea de llegar hasta el fantástico humedal que fluye en el norte de Paraguay. Un largo viaje, en precarias condiciones, que alguna vez intentara a medias, allá lejos y hace tiempo.
Hoy, la maravillosa aventura está por fin al alcance del turismo internacional y en ello mucho ha tenido que ver la aparición del crucero Paraguay, nave con altos niveles de confort que permite adentrarse en esa geografía deslumbrante sin ceder lugar a las penurias.
El Gran Chaco. El viaje comienza en el viejo puerto de Asunción, enclavado no muy lejos del espléndido Palacio de Gobierno, un edificio de imperturbable color blanco del que se han narrado mil y una historias, como aquella que cuenta que en tiempos de "El Supremo" José Gaspar Rodríguez de Francia se ordenaba "disparar en el acto a toda persona que fuera observada mirando la entrada del palacio". Hoy en día, para suerte de asuncenos y visitantes, tales medidas ya no existen.
Desde el puerto, el crucero parte en el atardecer con rumbo norte, y deja pronto atrás a la capital paraguaya. Dotado de tres motores Caterpillar, el barco navega las aguas con buen ritmo, en busca de Villa Hayes, una pequeña población ubicada en la margen izquierda del río y cuyo nombre recuerda a Rutherford Hayes, presidente estadounidense que fallara a favor del Paraguay en la disputa limítrofe por la zona del Chaco que se entablara con Argentina tras la Guerra de la Triple Alianza.
Cautiva del palpitar lento de los pueblos dormidos en el tiempo, Villa Hayes abre las puertas a lo que viene más allá, aguas arriba. Matizada de márgenes de palmeras y marismas en las que se refugian aves invariablemente coloridas, la nave comienza a adentrarse en el Gran Chaco, una enorme llanura sin accidentes que se extiende al este del Paraguay y representa casi las dos terceras partes de la superficie total del país, pero que alberga sólo al 10 por ciento de la población.
Palpable, la soledad del paisaje que uno alcanza a espiar desde la embarcación apenas si es profanada por alguna casa aislada construida con troncos de palma.
Parte de la aventura, el viaje hacia el norte incluye safaris fotográficos en embarcaciones especialmente equipadas, que permiten observar la enorme variedad de aves y la flora de la región. Siempre acompañados de un guía, las lanchas abandonan el barco en horas prefijadas y sumergen al visitante en un ecosistema muy particular, en el que conviven las sabanas costeras con los bosques espinosos de las zonas más alejadas de las aguas. Un paraíso agreste que casi no ha sido modificado, con variadas especies de animales, entre ellas armadillos, jaguares, pecaríes chaqueños y tapires, conocidos aquí como mboreví.
Una de las características del Gran Chaco (cuyo nombre proviene de la voz quechua chaq, que significa territorio de cacería) está dada por las estancias, levantadas tierra adentro, alejadas de la costa. Precisamente en una de ellas hace escala el viaje.
Maravilloso Pantanal. Más al norte, el río baña la ciudad de Concepción, mojón irreemplazable en el comercio fluvial de Paraguay con Brasil. Desde allí faltan aún cuatro días para llegar al Pantanal, el destino anhelado por tantos.
Más excursiones, más lanchas, más safaris fotográficos e inolvidables atardeceres salpican el tiempo que transcurre en la lenta pero constante navegación aguas arriba. El viajero, el navegante, disfruta, agradece, conoce la localidad Vallemi y su producción cementera, explora grutas naturales que atesoran un mundo submarino desconocido, visita la pequeña comunidad de Fuerte Olimpo y llega, finalmente y a horas tempranas, al ansiado Pantanal, para maravillarse con un amanecer sobre su naturaleza casi virgen.
Considerado el mayor humedal del mundo, el Pantanal es una indómita llanura aluvial que hace las veces de herencia de un antiguo mar interior llamado Xaraés, que se secara hace 65 millones de años.
Santuario de una ilimitada cantidad de animales, viven aquí anacondas gigantescas, caimanes, iguanas, carpinchos, monos aulladores y el mayor número de papagayos azules de todo el planeta. Lograr fotografiar a alguno de ellos es el deseo de muchos de los que llegan hasta este lugar en el que la vegetación se hace en ocasiones tan densa al punto de resultar prácticamente impenetrable.